martes, 28 de febrero de 2012

Cómo dejé de fumar. (relato real)


Comencé a fumar a los 12 años. Por aquél entonces se consideraba que hasta que no fumabas no eras ‘mayor’.  En casa, en presencia de mis padres o de cualquier miembro de mi familia, por ser el menor de ella, lo tenía prohibido. Recuerdo que, para poder fumar, salía de casa y me  iba a  buscar a los amigos, que también tenían los mismos problemas. Lo más destacado de esta situación es que, como no podía fumar en casa, fumaba todo el tiempo que estaba fuera de ella.
Recuerdo la bronca que recibí el día que mi madre descubrió que mis dedos, pulgar e índice, por el uso continuado de mantener el cigarro encendido entre ellos y apurarlo al máximo, se encontraban ennegrecidos o quemados.

También recuerdo las distintas marcas,  siempre de mala calidad, que en mi juventud, escaso de dinero, pude fumar.’ Ideales’, listos para usar, con papel amarillo y llenos de palitos de madera. ‘Caldo de gallina’, cigarrillos a medio liar con tabaco suelto. ‘Cuarterones’, cajetillas de tabaco suelto. Etc.
Estuve fumando hasta 1984. En esta fecha lo normal es que fumara tres cajetillas al día, era un gran fumador.

Durante varios años y en diferentes fechas intenté dejarlo utilizando diferentes procedimientos y por más voluntad que pusiera, que era toda, después de un tiempo de, entre tres a seis meses, siempre volvía. Nunca pude entender como me faltaba la voluntad después de estar meses sin fumar. Me estaba mortificando con mis ganas de vencer el vicio de fumar  y, a la vez, la necesidad de seguir fumando. Era un martirio. Me insultaba mí mismo y mi autoestima andaba por los suelos.

Un día de 1983, con un ahogo y tos insoportables, decido apagar los cigarrillos a medio consumir. Pensé que en la segunda mitad, por la nicotina acumulada y la mayor temperatura del humo, debía ser más perniciosa.

Así, tirando los cigarros  a medio consumir, estuve un año. Al principio lo encontré extraño porque apagaba el pitillo y a continuación deseaba encender otro. Después de un tiempo en el que había pensado en detalle lo que estaba ocurriendo me quedé tranquilo. Calculé que era mejor fumar la primera mitad de cuatro  pitillos que uno entero. A partir de aquí encendía un cigarrillo siempre que me apetecía con la condición de machacarlo en el cenicero a medio consumir.

Estuve un año  fumando medios pitillos y un día decido fumar sólo la cuarta parte. Estaba tranquilo, con moral alta y convencido  de que iba a poder, por fin, dejar, para siempre, el vicio de fumar.
Después de un mes de esta práctica, un día, al encender el primer pitillo, no me apetecía. Extrañado, y muy contento, voy a la cafetería a tomar un café. Por experiencia anterior sabia que, para mí, tomar un café, o cualquier licor, era quedarme a merced del viento, sin voluntad, y el momento más débil para resistirme a fumar.
Tomé café y no me apetecía fumar. No lo podía creer mientras deba, imaginarios, saltos de alegría. Otra prueba, y esta definitiva, fue a la hora el aperitivo.  Le eché  valor  y tomé a mi gran rival, whisky,  siempre que lo tomaba volvía  a fumar. Esta vez, tampoco me apetecía.

 Sigo sin fumar desde aquella, ya lejana, fecha de 1984.

Si importante ha sido para mí dejar de fumar desde el punto de vista de la salud no lo ha sido menos haciendo el papel de ‘amortiguador’  en  todos  los contratiempos que, durante estos años, han estado presentes en mi vida. Siempre que tengo uno, el que sea, me digo…’si pero no fumo’. Para mí, dejar de fumar, fue volver  a un estado que tanto, y durante tantos años, había soñado. Volví a ser yo y libre. Qué felicidad y qué moral!

Animo a quien se encuentre en mis mismas circunstancias  a poner  en práctica este método en la seguridad que conseguirá librarse del vicio de fumar.

Y así, con este trajín, hasta otro día.

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